La luz se filtraba por las ventanas de la habitación de Gabriel, recordandole que las horas pasaban, que el sol iba descendiendo y pronto llegaría la noche. Esa noche, la que había estado esperando con ansias. Se calzó los pies con unos tennis, recogió uno de los polos que tenía esparcido sobre la cama, se lo llevó a la nariz para comprobar el olor.

Habían pasado muchos meses de la ultima vez que su casa se encontró organizada. Nada le importaba, los sonidos le parecían estridentes o muy graves, nada era melodioso, los colores eran o muy opacos o muy brillantes, habían perdido su equilibro. Para Gabriel, hasta la comida había perdido su sabor y todo por culpa de una mujer. Y le costaba admitirlo, nunca diría en voz alta lo que su interior sabia, el día en que su mujer partió se llevo la parte viva de su ser. Ahora era un hombre escuálido, que cada día se sumía mas en el letargo de su dolor, que se hundía en el interior de un mar depresivo que terminaría ahogándole.

Se sentó por unos minutos frente a la ventana de su habitación. Su memoria viajaba entre los recuerdos que guardaba en el cuarto más profundo de su mente, ese por el cual su subconsciente evitaba pasar a toda costa pero que en momentos como aquel, en el que le gustaba el dolor, se permitía pensar en ella.

En la primera vez que la vio, sus ojos marrones y su piel morena, la altura de una mujer imponente, su cabello rebelde y su alma libre. Su sonrisa, recordaba su sonrisa como los primeros rayos del sol y recordaba su voz como el canto de los pájaros al amanecer. Recordaba su fortaleza, la dulzura con la que le tocaba y la suavidad de sus besos cada mañana.

Fue dolorosa su partida, era dolorosa su ausencia.

Pero pronto su sufrimiento acabaría, estaba a pocas horas de unirse a su amada, de echarse a los brazos de una oscura amiga.

Gabriel tomó las llaves, salió de su casa siguiendo en automático el camino que había estado recogiendo todos los días por dos meses. Acostumbraba a salir a partir de la cinco de la tarde, cuando el sol comenzaba a decender y las sombras se alargaban en el camino. Solía caminar siempre dando le la espalda a la gigantesca estrella que se encargaba de definir los días y las noches. A él solo le interesaba la oscuridad, donde nada ni nadie lo podría persuadir de no continuar su cometido.

Llegaba al puente San Vicente siempre faltando quince para las seis, daba algunos pasos por el camino peatonal, se apoyaba en la segunda viga, sacaba un cigarrillo del bolsillo de su pantalón y mientras lo fumaba miraba a las personas, que caminaban de un lado a otro siguiendo una rutina. Se giró con pesar, miró el horizonte. Las mismas personas, los mismos lugares, los mismos carros que pasaban día tras día a la misma hora, los mismos negocios que comenzaban a cerrar sus puertas.

Bajo su vista hasta el agua, allí abajo se llevaba acabo la vida de millones de organismos, tranquilos y serenos sin importarle los afanes del mundo.

Sin importarle las enfermedades.

Miró en dirección al cielo y en silencio cuestionó a Dios. No entendía nada, no entendía la vida. Las enfermedades aquejaban a las personas buenas mientras que los ladrones, violadores y asesinos muchas veces gozaban de una vida tranquila con una conciencia sucia.

Su amada Erika había muerto cuando apenas empezaba a vivir a la edad de 24 años, aunque habían pasado un año de aquello no se había permitido olvidarla, no le había permitido a su mente dejar de pensarla, mucho menos a su corazón dejar de amarla.

Una vez leyó que el ser humano procesaba el dolor de cuatro formas diferentes, la muerte era una de ellas y el suicidio siempre fue una opción para él.

Pronto, pronto el formaría parte del agua, se arrojaría al rió en busca de descanso, en busca de su Erika. La esposa que le dejó aquejada de una maldita enfermedad, aquella que amó y que amara hasta el final. Quizás era un cobarde por escoger la muerte, por querer que el agua llene sus vías respiratorias y hagan explotar sus pulmones, pero era lo único que deseaba.

Abrir sus brazos hacia aquella oscura amiga.

Copyright © 2015 Natalia Alonzo.
Natalia Alonzo born in 1995, is a Dominican photographer and writer. Lives in Santiago, DR

 

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