Iniciaba el año 2005 y mi trabajo me exigía viajes constantes fuera del país. No era ajena a los aeropuertos, las medidas de seguridad o como empacar de manera eficiente e impecable una maleta. Sin embargo, aquel viaje era diferente, iría por primera vez al continente Europeo y me emocionaba, aunque iba a trabajar, conocer Italia.

Como veterana no me preocupé mucho por las nimiedades propias de viajar. El visado, lo había obtenido por medio de la Embajada de Francia, puerto por donde haría entrada al continente. El clima en Italia prometía frío y quien sabe, talvez, tuviese la dicha de ver la nieve adornar las colinas cuando fuera de Roma a Florencia.

Unos días antes de viajar, las historias de horror comenzaron. Cientos de recomendaciones de amigas, que habían viajado al viejo mundo, y me aseguraban que todas las “Dominicanas” entrando a dicho continente eran consideradas embajadoras de prostitución y vida alegre.

No puedo negar que las historias me asustaron, incluían desde deportaciones hasta revisiones que violarían espacios privados de mi anatomía. Por eso, cuando el día llegó, siempre precavida, había arreglado mi cabello suelto, no en la cola de caballo que regularmente usaba para viajar. Mi rostro portaba un maquillaje sencillo que incluía un labial color marfil, no la acostumbrada cara limpia que había sido fotografiada en todos mis viajes anteriores a otros lugares del mundo.

Cambié mis cómodos zapatos deportivos por unas botas de invierno de estilo Europeo. Debo admitir, con algo de vergüenza, que nunca había viajado tan bonita, parecía digna de una revista de aeropuerto. Cuidándome de no traspasar esa fina raya entre la clase y el característico “glamour exagerado”, que me aseguraban usaban las “otras Dominicanas” que viajaban a dicho país.

Luego de ocho larguísimas horas de vuelo, algo nerviosa, hacía mi fila en el departamento de migración. Había repasado las respuestas a las preguntas comunes un millón de veces en mi mente, “no titubees o estarás en problemas” me habían dicho.

El oficial era un señor de unos 55-60 años, mostró poco interés en mi rostro y me hizo, con algo de desgano, las preguntas de lugar, mirando sin mucha emoción mi pasaporte negro que porta el logo de nuestro país en el frente. Cuando procedió a tomar la fotografía reglamentaria, sus ojos se quedaron mirando fijamente mis facciones, volvió a consultar su computador y regresó a mi rostro como si algo no estuviese bien.  En ese momento reviví en mi mente las historias de horror, una a una. Me preparé para lo peor, sin embargo, lo vi recoger mis documentos y entregármelos mientras decía “esa foto no le hace justicia, debe pensar en cambiarla, que tenga una feliz estadía”.

Aún en estado de asombro abandoné la terminal para dirigirme a tomar el próximo avión, un poco más confiada. Aquel oficial migratorio me había dicho bella y sin saberlo, había restaurado un poco mi auto-estima. Una auto-estima que había sido vilmente ultrajada por esa etiqueta que cargan nuestras caderas dominicanas.

Y es que debemos admitirlo, los años de discriminación nos han hecho ver como “normal” que nos cataloguen de prostitutas. Hemos llegado a ver como algo cotidiano que seamos encajadas dentro de un prototipo, al punto que, cuando me voy de viaje mis conocidos suelen comentarme “no pareces dominicana”, haciendo alusión a una serie de características despectivas que le han asignado a la mujer dominicana cuando esta sale del país.

Desde aquel día he pisado cada nación con mi cabeza en alto, mirando fijamente los ojos de quienes me entrevistan al entrar al país al que vaya. Llego sin maquillaje y con mi pelo en una simple coleta, orgullosa de mis orígenes. La única respuesta que he practicado desde aquella vez, es mi discurso sobre discriminación, ese que pienso usar si es que algún día mi piel tan prieta como mi pasaporte, y el escudo que grita mi nacionalidad me hacen víctima de ella.

Copyright © 2015 Karolyn Castro

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Karolyn Castro is a Dominican born mom of two, an independent writer, poet and creator of the project Team Guerreras. Karolyn looks to promote the courage and strength that lies behind the curves of a woman. Passionate about her country, education, culture and writing, she believes it is time for independent writers to receive the support and recognition they deserve. Karolyn has been writing since she was in middle school and is currently publishing a novel based on her adolescence, she kept diaries where she narrated her encounter with her first love. Omaet (the series), divided in short chapters, is being published on her website, along with her poems and other pieces of writings with motivational nature.

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